07:35
Al contrario de lo que me pasó a mí, la Mari no puede dejar de hablar. Rapidísimo, con los ojos muy abiertos y de vez en cuando suelta una risa estridente. Cada vez me da más miedo. No ha dormido nada y está demacrada. Pobre mía.
10:50
¿Te acuerdas de que a Manuel le pareció raro que el faro de Torre del Mar estuviera apagado? Acabo de enterarme de que el farero lo hizo a conciencia durante dos noches para evitar que nos vieran desde los barcos. Gracias, Anselmo Vilar, no te olvidaremos nunca.
11:35
Acabo de caer en que si hubiera huido con la Mari y su familia, probablemente ahora Paquito y yo también estaríamos amontonados en esa cuneta. No sé si reír o llorar.
13:30
Hemos parado a descansar al lado de un arroyo, y a llenar el estómago aunque sea con agua. La Mari por fin se ha tranquilizado y se ha quedado dormida. Le he preguntado a Manuel por qué nos odian tanto. No le hemos hecho nada malo a nadie. Solo con recordar las cosas que decían por la radio se me aflojan las piernas. No sabe qué responderme.
Me ha contado que antes de venir a por nosotros estuvo en la catedral. Allí había cientos de refugiados de los pueblos, que ya gritaban que había que huir para Almería. Él intentaba ayudar llevando a niños heridos al hospital civil en la mula. Llevaba un par de días sin descanso cuando un par de fascistas intentaron dispararle por estar ayudando a rojos. Pudo esquivarlo, pero el tiro le dio en el estómago a ls Curra.
La mula, asustada y adolorida, empezó a dar vueltas sobre sí misma, empujó a varias personas y le dio una coz al de la pistola, que descargó todas las balas que llevaba en el pobre animalito. Por suerte, mi amigo estuvo rápido para salir huyendo, porque el otro también iba armado. Escuchó más tiros cuando ya iba lejos. Sin pensarlo dos veces vino a buscarme porque no se imaginaba dejándonos allí a nuestra suerte.
Por primera vez en estos cinco días, ha roto a llorar. Ya era hora. Lo he abrazado en silencio durante mucho rato y luego me ha mirado con esos ojos color aceituna, que hasta llorosos me parecen bonitos, y no sé qué ha pasado que he notado en el estómago un cosquilleo diferente al hambre y al ardor de estos últimos días. Me ha acariciado una mejilla con los nudillos de su mano, que son solo huesos, y ha empezado a acercar sus labios a los míos cuando una furgoneta ha frenado a nuestro lado.
Era la ambulancia del extranjero que, sin bajarse me ha dicho con un fuerte acento: «Dos extra sitio. Último viaje. No gasolina.» Nos hemos puesto de pie de un salto pero la euforia se me ha pasado al momento cuando he oído a Manuel gritar: «¡Vamos, Mari, levanta, que os vais en coche!» ¿Cómo que os vais? ¿Separarnos? ¡No! Pero me ha agarrado por los hombros, y me ha dicho que lo espere en Almería, que llegará en unos días. Que aproveche para buscar alimento para Paquito, que está hecho un pajarito. Tiene razón…
13:45
Todo ha sido demasiado rápido. De repente estoy montada en la ambulancia, apretada contra la Mari que mira con ojos de pena a los niños que van montados y contra la ventanilla mientras veo a Manuel diciéndome adiós con la mano cada vez más pequeño.
Siento en los labios el beso que no me ha dado. Y mientras pienso en los próximos días. Conseguir ayuda para Paquito. Encontrar al hijo de Dolores. Reencontrarme con Manuel.
Solo 5 o tal vez 6 días y volveremos a estar juntos. Tal vez algo más…

