3. Torrox – 08/02/1937

3. Torrox – 08/02/1937

07:00

Me he despertado tiritando y casi me muero cuando he visto que estaba sola con mi bebé. He suspirado de alivio cuando he visto volver a Manuel. Menos mal que no se ha ido sin nosotros. Nos ponemos de nuevo en camino. El chorreo de personas no ha parado en toda la noche.

09:10

Acabo de conocer a Dolores, que también es de Huelin. Tiene 72 años y los pies como dos botijos. Ahí va ella sola con la ilusión de encontrarse con su hijo en Almería. Piensa que él debió ser de los primeros en huir. No tiene certeza alguna de que esto sea así, pero habla como si lo fuera. Dolores llora en silencio mientras camina despacio apoyada en su bastón. Viste de luto por su marido. Habla con dulzura. Me ha dado las señas de su hijo por si lo encuentro antes que ella.

11:40

No os vais a creer lo que acaba de ocurrir. Ha sido tan triste y tan bello a la vez. Paquito no paraba de llorar y yo ya no sabía qué más hacer para calmarlo. Entonces, con una punzada de dolor en el corazón y acordándome de aquella canción que tan bien se sabía mi madre he empezado a cantarle:

Ay, de mí

Pena mortal

¿Por qué me alejo, España, de ti?

¿Por qué te arrancan de mi rosal?

El pequeño ha empezado a calmarse y, mi amigo, animado y sonriendo, me ha acompañado en el siguiente párrafo:

Quiero yo

Volver a ser

La luz de aquel rayito de sol

Hecho mujer

Por voluntad de Dios.

Dolores me ha mirado, me ha sonreído por primera vez, y ella y dos mujeres más han seguido con nosotros:

Ay, madre mía

Ay, quién pudiera

Ser luz del día y al rayar la amanecía

Sobre España renacer.

La canción me reaviva el dolor de haber dejado nuestra casa y el de ver en lo que se está convirtiendo nuestra tierra, pero Paquito se está durmiendo, así que hemos seguido mientras se iba uniendo más gente:

Mis pensamientos

Han revestío

El firmamento

De besos míos

Y sobre España

Como gotas de rocío

Los dejo caer.

Como en una especie de milagro, de repente me he visto rodeada de decenas de personas que cantaban juntas, algunos sonriendo, otros con un chorro de lágrimas cayendo por la cara. Aún así hemos acabado, casi gritando:

En mi corazón

España te miro

Y el eco llevará de mi canción

A España en un suspiro.

La emoción no nos ha durado nada porque de repente alguien ha gritado:

«¡RÁPIDO! ¡ESCONDEOS! ¡AVIONES! ¡NOS DISPARAN!»

11:55

Nos disparan. Nos lanzan bombas. Estoy escondida en las cañas. No veo a Manuel. El miedo es insoportable. ¿Por qué? ¿Por qué nos hacen esto, Señor?

12:13

Ojalá hubieran sido solo los aviones, que han pasado muy cerca arrasando con todo lo que han podido. Pero los barcos que anoche veíamos flotando tranquilamente cerca de la orilla también nos han atacado. Cuando Manuel nos ha encontrado, nos hemos abrazado y llorado juntos en el suelo. Tiene una pierna herida, pero puede continuar.

Paquito llora de nuevo y yo solo quiero vomitar.

12:17

No te puedes hacer una idea de lo que es esto. Estamos caminando sobre un mar de cuerpos. Hay sangre y tripas por todas partes.

Algunas rocas de los acantilados se han derrumbado. Se ven brazos y piernas asomando por debajo de ellas. No puedo mirar, madre mía.

El horror es increíble. La gente intenta encontrar a sus parientes entre los muertos. Hay niños solos llorando. Hay gente agonizando sujetándose las heridas con las manos mientras se desangran. Entre ellas, Dolores. Me he arrodillado a su lado y ha usado las pocas fuerzas que le quedaban para decirme: «Encuéntralo, Ángeles. Da con él. Dile que busque bajo la losa negra debajo de mi cama y que lo querré siempre». Luego, ha dejado de apretarme la mano, y después de respirar.

13:02

No puedo caminar, pero Manuel tira de mi mano. Siento como si lo estuviera viendo todo desde la butaca del Cinema España.

15:30

¿Y ahora? ¿Qué le pasa a Paquito? Está despierto, pero se le cierran los ojos y se le cae la cabeza hacia los lados. ¡¡Mi niño!!

15:49

Menos mal que todo ha quedado en un susto. Una señora ha dicho que le ha dado un soponcio por la sed. Ella misma le ha dado agua del río con sus propias manos y se ha recuperado. No sé cómo agradecerle que le haya salvado la vida a mi hijo. Que no se me olvide darle de mamar, dice. Esto no me puede estar pasando a mí.

16:03

Manuel le ha preguntado a la señora por su nombre cuando hemos vuelto al camino. Se llama Salvadora. ¿La salvadora de mi niño se llama Salvadora? De normal, habría hecho alguna broma, pero no puedo. No me salen las palabras, ni aunque me hablen.

Cuenta que hay un médico forastero dando portes a Almería a todos los niños que puede. Que ella está a ver si tiene suerte, que lleva cinco y ya no pueden más.

18:25

Nos estamos desviando un poco hacia el interior. Manuel dice que estamos llegando a Torrox y pronto saldremos de la provincia de Málaga. No queremos pasar la noche cerca de los barcos, que vuelven a acercarse, desafiantes, terroríficos.

19:15

Hemos llegado hasta una casita en la ladera de la montaña, frente al mar. Dos niños pequeños jugaban en la puerta, y había gente hablando dentro. Un hombre ha salido corriendo y nos ha llevado detrás de la casa. Sus ojos reflejan el mismo terror que estamos viviendo nosotros. Desde aquí se ven los barcos y la procesión que camina despacio, pero sin pausa.

19:59

El hombre, José, me ha dado agua a mí y un cigarro a Manuel; le ha rogado que le cuente qué pasa, que cómo va a huir él con su tía, una señora mayor metida en la cama, y dos niños pequeños. Manuel le ha recomendado que se quede y que pase lo que pase, diga que él nunca tuvo que ver nada con ningún tema político.

Su mujer, Antonia, nos ha curado las heridas de la piel, porque para las del alma no hay ungüentos que valgan. Aunque el abrazo que me ha dado me ha reconfortado mucho.

Entonces, de repente, me he acordado. Maldición, mi máquina: la he perdido. Debí dejarla atrás cuando el bombardeo. ¿Qué voy a hacer sin mi máquina cuando llegue a Almería?

20:17

José dice que podemos dormir en la cuadra con la mula, pero si vienen soldados hará como que no nos ha visto nunca. ¿Y si les dejo a estas buenas personas a Paquito? Puedo volver a por él cuando todo esté más tranquilo…

La niña me ha cogido de la mano y no quiere irse a la cama. Su papá le ha dicho: «Nieves, no molestes a la muchacha».

Quería decirle que se llama como mi madre, pero no he podido. Solo le he sonreído un poco y me ha abrazado como si me conociera desde siempre. Sospecho que no ve muy bien, porque encoge los ojos y utiliza sus manos para palpar mi cara y la del bebé. Sería una gran hermana mayor, aunque tiene una sonrisa triste, como si fuera consciente de lo que está pasando. No sabe la falta que me hacía ese abrazo.

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