En frente de mi abuela vive un señor que se sienta en su balcón por las mañanas con su pijama azul de rayas amarillas. Se llama Jose Ramón, tiene 68 años y es catalán. Antes venía con su esposa solo en verano, pero ahora vive ahí todo el año desde que se jubiló y su mujer lo dejó por su profesor de yoga indio, 25 años más joven.
Un día, un poco aburrido de estar solo, fue al programa de Juan y Medio para encontrar el amor. Conoció a una señora encantadora y ella vino a visitarle. Parecía que todo iba muy bien. Ella hablaba de mudarse con él, ya que le encantaba sus largas conversaciones con café en la terraza mientras tomaban el sol con vistas al Pico del Cielo. Pero luego dejó de cogerle el teléfono. Días más tarde, se enteró por los hijos de ella de que había estado conociendo también a otro hombre y al final se había ido a vivir con él. «Es que tiene vistas a la Maroma», le explicaron.
J. R. lo ha pasado mal, pero se lo está tomando con filosofía. Ha decidido dedicarse a escribir la historia de sus padres, que fueron inmigrantes andaluces y pasaron todo tipo de vicisitudes. Además, para paliar su soledad, está alquilando un dormitorio a modo de retiro de escritores. Cada dos semanas viene una persona nueva para sentarse a escribir sus novelas, tesis, trabajos de fin de máster, etc. Lo curioso es que J. R. no les cobra con dinero. Solo les pide que pasen un par de horas al día con él contándole sus respectivas vidas.
Escuchar a la gente nueva a la que está conociendo y luego escribir relatos sobre ello es su nuevo pasatiempos favorito. Por eso, no es de extrañar que cuando se acabaron las dos semanas de Alicia, una señora estupenda, culta, guapa e inteligente con la que congenió al instante y con la que tuvo un flechazo, no le pidió que se quedara. La echó para poder seguir recibiendo a más escritores. De hecho, ha reducido el tiempo a una semana, sediento de nuevas historias.
A Jose Ramón le encantan los relatos de terror y los históricos sobre la Guerra Civil Española y el Franquismo a diferencia de mi abuela, a quien no le gusta casi nada de lo que escribo. A ella le gustan más las historias cotidianas, como la de su vecino Jose Ramón, si es que ese es su nombre, pues lo único que sabemos de él es que cada mañana se sienta en su balcón con su pijama azul de rayas amarillas.

