El primer escritor que recibió Jose Ramón en su casa fue Liam: 28 años, procedente de Nueva Zelanda. J. R. estaba bastante emocionado porque nunca había tenido la oportunidad de conocer a alguien de tan lejos, dejando de lado a los simpatiquísimos dueños del bazar chino de abajo. El español de Liam no era perfecto, pero era muy bueno. Y J. R. estaba deseando que le contara cómo había llegado hasta España.
Resulta que Liam acababa de terminar el Camino de Santiago desde nada menos que París. Pero hay que regresar un poco más atrás en el tiempo para comprender por qué vino a hacerlo. Liam estudió literatura en la Universidad de Auckland con la ayuda de una beca y de trabajar mucho en su tiempo libre. Allí, en un curso de español, conoció a Levy, un chico con quien compartía su pasión por caminar por las montañas, tanto de día como de noche.
Y en la montaña fue, en una noche con lluvia de estrellas, donde se besaron y declararon su amor.
Poco después ya estaban ahorrando para lo que ellos llamaban su sueño conjunto: conocer Europa y vivir viajando en autocaravana, hacer el Camino, mejorar su español y escribir artículos basados en sus experiencias físicas y espirituales.
J.R. no pudo evitar preguntarle «¿Dónde está Levy ahora?»
Liam, abatido, le explicó que tuvieron un accidente una noche que volvían de hacer senderismo. Estaba muy oscuro y solo funcionaba su frontal. Levy pisó donde no debía y cayó por un barranco. Fue horrible. Tuvo que ir un helicóptero para rescatarlo y llevarlo rápidamente al hospital, pero no pudieron salvarle las piernas: quedó parapléjico. Y aquí empieza el verdadero drama, porque Levy, al ver que no podría caminar nunca más, entró en depresión.
Su chico le aseguró que no dejarían de hacer nada, comprarían una silla especial para poder ir por los senderos. Podrían adaptar la caravana, adaptar su sueño. Buscarían ayuda psicológica. Le prometió que nunca lo abandonaría, que nunca lo dejaría de querer. Pero a la mañana siguiente lo encontró muerto, con el bote de las pastillas vacío a su lado y una nota escrita a mano que decía: «BUEN CAMINO, PEREGRINO».
Así que, después de tres meses llorando su pérdida, se tatuó la nota en el brazo, compró un billete de avión, preparó la mochila y se lanzó de cabeza a esta aventura que sería difícil sin su amor, pero tenía que hacerlo: se lo debía.
Ya ha estado trabajando en el libro, ¿adivinarías qué título tiene pensado ponerle?

