Mis amigas me dicen que mi vida no es normal y es porque a veces me pasan cosas un tanto surrealistas. Esta historia es de ayer. Salgo de casa de una amiga y me monto en el ascensor. Se para en el octavo y se sube un señor mayor con su andador, y en el séptimo un chico con acento de Cádiz con un perrito en brazos. Cuando vamos por el quinto, se escucha un chirrido de piezas oxidadas y el ascensor se para entre dos plantas.
Abuelo: «Pues yo me voy a sentar por si me pilla aquí la muerte».
El de Cádiz coge aire y con una música épica tipo El señor de los anillos de fondo dice: «Tranquilo, Aurelio, que yo os saco de esta con vida», me mira y me guiña un ojo. Es mono. La música es de su móvil, que lo están llamando. Lo ignora, deja al perro en el suelo y empieza a trastear los botones y la puerta.
Abuelo: «Pues venga. Si llego tarde me quitan el banco bueno, que es el único donde puedo controlar a todo el que pasa».
El gaditano empieza a ponerse nervioso porque el botón de emergencias no funciona y no es capaz de desbloquear la puerta. De repente don Aurelio grita: «¡¡¡Joooose!!! ¡Mira tu perro! ¡Sabía que era él el culpable!» Miramos todos hacia abajo. Efectivamente, el perrito acaba de hacer pis.
Jose: «Que no, “coone”, que ya te he dicho muchas veces que Ganchito no es el que se mea. Hoy será por los nervios que está pasando, pobrecillo».
El abuelo se parte de risa. Mientras, busco el teléfono de la compañía y llamo. Total, nos dicen que en 20 minutos vienen a sacarnos. Ellos siguen discutiendo, pero de ese modo en que se nota que se conocen bien y se tienen cariño. Yo cojo en brazos a Ganchito. En estas estamos cuando el ascensor chirría de nuevo muy fuerte y se va la luz. Aquí sí que os puedo decir que el momento se vuelve dramático.
Empiezo a hiperventilar, Ganchito llora y Jose empieza a hablar demasiado:que si es muy joven para morir, que si todavía no ha encontrado al amor de su vida y que esto tiene que ser el karma por haber robado toallas en los hoteles.
Abuelo: «Menos lloriquear, que esto no es nada comparado con la posguerra», y se ríe de nuevo.
Al rato suena de nuevo la música épica y Jose atiende la llamada:
Jose: «Quillo, Quillo, no te lo vas a creer pero estoy encerrado en el ascensor con una muchacha guapísima».
El amigo: «Tíoooo, ¡que siempre estás igual con las excusas! Encima que venimos a tu barrio para que no puedas llegar tarde y mira.
Jose: «Que no, “coone”, que te lo digo de verdad. ¿Cuándo te he engañado yo?». El amigo le cuelga.
Abuelo: «Pues yo me estoy meando, a lo mejor hago como Ganchito».
Por suerte no hace falta, porque a los pocos de minutos oímos a los del servicio técnico.Al final salimos a la calle como los supervivientes de una gran catástrofe. El abuelo se va sonriente al bar, devuelvo a Ganchito y me despido de Jose sintiendo mucha curiosidad por él. Aunque siempre llegue tarde, al parecer con alguna historia inverosímil, sospecho que es buena gente. Creo es un buen personaje para escribir alguna historia para Threads.

